sábado, 24 de enero de 2026

Y entonces nos perdimos

Retomamos el blog con una novela gráfica destinada al público juvenil pero que es una invitación a la lectura también para el público adulto no solo por los esmerados dibujos de Ryan Andrews sino por todo ese viaje a una infancia plagada de aventuras con la que alguna vez todos soñamos. Y es esa promesa, bajo la forma de mirada retadora de un niño en bicicleta, la que interpela al lector desde la portada del libro.

El punto de partida es sencillo: es la fiesta del Equinoccio y un grupo de niños quiere saber qué hay de cierto en la leyenda que dice que los farolillos que lanzan al río esa noche siguen su camino  a través de él para acabar convertidos en estrellas. Perpetrados de sus bicicletas, la pandilla piensa seguir su recorrido y cumplir un pacto basado en dos normas- Nadie da media vuelta y Nadie mira atrás- pero pronto las tentaciones de una vida  plácida hacen que el grupo quede reducido a dos niños: el que iba como una remora en su bicicleta intentado formar parte del grupo y el que sentía vergüenza de demostrar tener algo que ver con él.

El camino va a servir como aglutinante de estos dos personajes y les va a brindar - a nosotros también- la posibilidad de realizar un viaje alucinante a un mundo de fantasía donde el conocimiento se valora y nos salva. Por sus meandros aparecerá un oso en busca de su propia identidad, una sabia que almacena pociones y una reproducción del universo en una cueva, seres fantasmagóricos que realmente no dan miedo, ciudades extrañas y hasta un guiño al anillo de Gollum. En definitiva, un viaje que invita a llegar al final aunque haya que pedalear un poco.